Soy abogado de profesión, pero escritor de vocación. Durante más de cuatro décadas he ejercido la abogacía en múltiples partidos judiciales y todas las instancias. También ante tribunales extranjeros. Pero siempre he llevado conmigo la certeza de que había una historia que debía contar: la de mis padres. Una historia que durante años viví como algo íntimo, casi secreto y, por supuesto, privado, hasta que comprendí que en realidad, no les pertenecía solo a ellos, sino a todos los que vinieron después.
Doce Columnas nació de esa necesidad, y también de una pregunta que no podía dejar de hacerme: ¿Qué ocurre cuando las personas que más quieres vivieron algo tan grande que las palabras del día a día no alcanzan para explicarlo?
Tardé seis años en encontrar la respuesta. Seis años de investigación, de archivos y documentos, de conversaciones que ya no podía tener con quienes más hubiera querido tenerlas, de reconstruir una época que ya no existe pero que sigue latiendo en quienes venimos de ella. La Barcelona de 1933, con el jazz como telón de fondo y la Segunda República respirando sus últimos años de esperanza. Teresa, clarinetista de la Orquesta Fèmina —la única banda que quería dedicarse al Jazz, formada íntegramente por mujeres y que actuaba en el Café Vienés—, y Juan, un agente encubierto del gobierno republicano infiltrado en los círculos del presidente Companys. Entre ellos nace una relación muy poderosa e intensa, aunque frágil y peligrosa, por lo apasionada, como casi todos los amores que merecen ser contados.
Pero la novela no acaba en Barcelona. Viaja hasta Granada, cruza los Pirineos y llega a Toulouse, también Figueras, población que tenía a muchos habitantes condenados por razones de la política de baja estofa de entonces, siguiendo el rastro de toda una generación que fue marcada por la Guerra Civil y la posguerra. Una generación que perdió mucho, aunque pertenecieran al bando vencedor, y que calló mucho más, y que, sin embargo, encontró la manera de seguir adelante. Escribir sobre ellos ha sido, en cierta medida, una forma de devolverles la voz.
La abogacía me ha enseñado a escuchar con atención, a buscar la verdad detrás de los hechos, a no conformarme con la primera versión de la historia y a recelar de las versiones de un cliente fáciles de entender. La escritura, en cambio, me ha enseñado algo diferente: que la verdad más profunda no siempre está en los documentos, sino en lo que la gente sintió cuando los vivió. Estas dos disciplinas, que a primera vista parecen tan distintas, llevan años conviviendo en mí, y creo que se necesitan mutuamente, más de lo que parece.
Este blog es el espacio donde quiero seguir contando. El proceso detrás de las páginas, las lecturas que me han acompañado, los lugares que aparecen en la novela y las historias que no cupieron en ella. También las reflexiones que van surgiendo cuando uno lleva años pensando en la memoria, en la identidad y en lo que elegimos recordar.
Me alegra mucho que estés aquí. Espero que lo que encuentres en estas páginas te acompañe tanto como a mí me ha acompañado escribirlo.
